martes, 9 de marzo de 2010

la mente de un hombre puede ser un manicomio en llamas.

No recuerdo cual fue el día, tampoco recuerdo como me sentía antes. Simplemente di un paso al costado, rechace todo e hice lo posible para que todo me rechazara. Dios sabrá porque un hombre puede odiarse tanto o ser tan idiota. Me había agotado, mis esperanzas se habían secado, ya no podía seguir siendo YO, era demasiado difícil seguirle el ritmo a la vida que se supone hay que tener.
Me di cuenta que estaba afuera cuando el teléfono dejo de sonar para siempre y comenzaron a rechazarme hasta de los peores laburos. Ya no encajaba y eso de alguna forma me hacia sentir orgulloso. Odiaba pensar que podía ser igual que esa multitud sentada a mi alrededor, esperando por un laburo que terminara de matarlos. Cada vez que entraba en las siniestras salas de espera comenzaba a transpirar, sentía el aliento frió de la muerte acercarse al ritmo de las agujas del reloj. No importaba que hora marcaban, yo siempre veía que era demasiado tarde para todo.
Después de estar días encerrado en mi cuarto era conciente de mi mal aspecto, pero sabia que ese no era el motivo, era mi cara, quiero decir que no podía ocultar lo miserable que me sentía de estar ahí, acá, en este mundo, era lo mismo. Evidentemente no podía caretearla, o simplemente ya no quería, el asco y el desinterés por todo se reflejaban en mis ojos.

1 comentario:

  1. "el asco y el desinterés por todo se reflejaban en mis ojos."

    describe tan bien lo que senti por mucho tiempo...

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