Una vez soné con ser un perdedor, me desperté al mediodía me mire al espejo y me di cuenta que lo había logrado. Algo en mis ojos había cambiado, algo sutilmente grotesco, estaban curtidos por la ausencia de esperanza, por la perdida del todo.
Con el tiempo comencé a notar que las personas se alejaban de mi, me miraban con miedo o desprecio, les resultaba incomodo y repugnante.
Pese a todo me sentía cómodo al ser rechazado, ellos me odiaban, me despreciaban, pero ya no formaba parte. Me convertí en un fracasado marginal, pero seguía sintiendo el mismo peso de la vida en mi espalda, y los gritos todavía seguían resonando en mi cabeza.
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